Tomé la cámara y la preparé para la sesión de fotografía que haría una vez en cerca del mar. Siempre que abro la tapa del lente, pienso en el tiempo que la llevo a todos lados y que a pesar de sus años y capacidad, siempre logra fotos sorprendentes, (como la vez que realizamos las tomas con Claudio a las dos de esa fría y brumosa madrugada en el aeropuerto de Pudahuel en Santiago).
Mientras recordaba, sentía como golpeaba ya el viento en mi cara y al humedecer mis labios sentía el sabor salado del mar. Era mediodía, pensaba que el viento me iba a visitar más tarde, pero como siempre nunca puedo transar completamente con la naturaleza. Todo me daba indicios que el tanto caminar sería fructífero. El cielo con nubes oscuras y grises, no frenaban el calor que me negaba la sensación de invierno que tanto disfruto en este pequeño norte. Disfruto mucho estar ahí en esa época del año, en el desierto y sobretodo cerca de la costa nortina.
Mirando el devenir de mis pasos, lo que se configuraba como personas, no eran más que grandes cactus, con sus brazos puntiagudos indicando hacia el sol oculto. Al llegar a su lado, me senté en una roca y traté de calcular cuanto había recorrido, tomé una ramita seca y agrietada tal vez por el efecto de la sal y el viento... y comencé a medir distancias, desde el lugar en donde comenzó mi caminata, calculaba aproximadamente media hora desde el punto de partida. Después pensé en las pocas veces que estoy solo en el año; o más bien en las pocas veces que disfruto estar solo. Al fijar mi recuerdo en la ciudad, me acordé de los lugares que me hacían sentir esa sensación de melancolía y de porqué este lugar me hacía sentir la soledad pero con mucha tranquilidad, la cual creo solo la percibo así en esos paisajes, y con los ingredientes que tanto me gustan: el mar, las nubes cargadas de agua, la tierra grisácea, la lejanía que me permite ver el horizonte nortino y los extraños aromas que salen de la tierra quizás provenientes de los misteriosos minerales que habitan en ella.
Pensando en que me faltaba un tramo por recorrer hasta la arena de la playa, me di cuenta que en ese lugar se configuraba una hermosa vista, con la crudeza y sequedad que necesitaba. Desde la izquierda las grandes y accidentadas montañas que caen al mar en rocas oscuras que permiten los estallidos de la violenta marea del pacífico. Después la linea infinita del horizonte azul ultramar, aveces oscuro, negro, profundo.
Llevaba casi diez tomas, a la derecha felizmente pude captar una familia de cactus viejos y testarudos que parecían mirarme y decirme que ellos si pueden vivir en ese lugar y yo ni siquiera podría aguantar una hora más. Tal sentencia, me causó risa y me levanté . Camine un poco más a la playa, me detuve unos quince minutos para hacer con la cuchilla unas tiritas de ají y agregarlas al pan, para poder disfrutar mi extraña merienda.
El sonido muy lejano de un motor por la ruta cinco me hizo regresar a mi existencia y regresé al auto, abrí la puerta del copiloto y dejé mi maleta por si me detenía por ahí a fotografiar.
Me senté al volante y miré un rato la playa preguntándome lo mismo de siempre, ¿Cuando regresaría a este lugar?... ¿Volvería solo o acompañado?. Inserté un disco de mis típicos temas del desierto australiano, y comencé mi regreso a la ciudad.
Hoy estaba preparando unas clases para esta semana y aproveché de mirar los discos que tengo con las imágenes que aun no he utilizado para pintar. Justo apareció esta fotografía que realizé en la carretera nortina, en un invierno hace dos años y no encontré nada mejor que derrotar mi insomnio haciendo el ejercicio de describir el recuerdo de una toma, que significó menos de una hora y que esta noche comenzando el otoño Santiaguino, disfruto en compartir...lo malo que aun no me da sueño pero esa es otra historia.